Hay preguntas que no envejecen. Vuelven con otra ropa, con otros nombres, con nuevas pantallas… pero son las mismas. Ya antes escribí que nos acompañan “preguntas más antiguas que la memoria… tan íntimas como la respiración”. Y creo que, en el fondo, casi todo lo que hacemos... elegir una carrera, formar una familia, cambiar de rumbo, volver a estudiar... es una forma de responderlas sin decirlas.
Hace poco volví a escuchar la charla TEDxVitosha del Maestro Shi Heng Yi, “5 Hindrances to Self-Mastery”. Y, aunque su lenguaje viene de otra tradición, me tocó por un lugar muy cercano... la manera en que la mente se nubla justo cuando necesitamos ver con claridad.
El Maestro cuenta algo que, para muchos, (nos) suena familiar... crecer con un set de opciones “aceptables”... medicina, ingeniería, leyes... y con otras rutas que se miran en menos. En mi caso, también estuve expuesto a ese mapa invisible de prestigios.
En el colegio (católico) me incliné hacia medicina por biología, por la defensa de la vida, por esa necesidad casi instintiva de ayudar a otros. Y, al mismo tiempo, el sacerdocio aparecía como una posibilidad real... una vocación que, a su manera, también era servicio. Pero llegó la prueba de admisión y no me fue lo suficientemente bien para entrar a medicina. Y, en paralelo, el deseo de formar familia me hizo ruido con la idea del sacerdocio (aunque sé que, en la comunidad, esa dimensión de familia se vive de otra forma).
Entonces elegí ingeniería civil.
Y aquí viene la parte menos lineal... aun caminando esa ruta, lo anterior siguió latiendo como pregunta sin cerrar. No era arrepentimiento. Era inquietud. Era duda. Era miedo. Era una sensación de que el “título” no respondía del todo a lo que yo buscaba sostener en el mundo.
Shi Heng Yi relata una historia simple, pero fuerte... un hombre quiere subir una montaña, pero se queda preguntando a viajeros cómo se sube y qué se ve arriba. Escucha a tantos, que finalmente decide que ya no necesita subir. Y se queda abajo.
No pude evitar verme ahí, en ciertos momentos de mi vida... cuando la mente se vuelve un comité infinito de opiniones, expectativas ajenas, comparaciones, “lo que debería ser”. Cuando el camino propio se posterga porque estamos buscando garantías.
Y aquí el punto clave... nadie puede vivir por uno la experiencia de claridad. Se puede compartir información. No se puede heredar visión.
El Maestro llama a esas nieblas “los cinco obstáculos”... estados mentales que dificultan ver con claridad y, por lo mismo, decidir bien.
El primero es el deseo sensorial... no solo placer, también comodidad, estatus, reconocimiento. Esa voz que dice “quédate aquí, esto ya está bien”, incluso cuando sabes que no es tu cima. En la vida profesional, puede ser quedarse donde te aplauden aunque por dentro ya estés pidiendo crecimiento o cambio.
El segundo es la mala voluntad... la resistencia. El “no debería estar pasando esto”. En mi historia, podría haber sido convertir la frustración de no entrar a medicina en rabia con la vida, con el sistema, conmigo mismo (bueno, si hubo de eso). Y sin darnos cuenta, esa rabia se vuelve un ancla... pesa más que el futuro.
El tercero es pereza y cansancio mental... el cuerpo pesado, la mente nublada, la motivación en retirada. No siempre es flojera... a veces es un modo silencioso de tristeza. Una celda interior donde cuesta moverse. Y ahí la pregunta no es “¿por qué no avanzas?”, sino “¿qué parte de ti está agotada de sostener una vida que no se siente propia?”.
El cuarto es la inquietud... la mente mono, saltando de rama en rama, incapaz de quedarse en el presente. Esta niebla la conozco bien... cuando uno estudia, trabaja, lidera, cría, responde… y, aun así, la mente se va al futuro o se queda discutiendo con el pasado. La inquietud puede ser muy eficiente por fuera y muy dispersa por dentro.
Y el quinto es la duda escéptica... no la duda sana que investiga, sino la que paraliza. “¿Y si me equivoco? ¿y si no era esto? ¿y si ya es tarde?”. La duda que corta la sincronía entre lo que deseas y lo que haces... autoboicot.
Así, aparece una frase que me gustó... la lluvia como parte esencial del florecimiento. No se trata de construir una vida sin lluvia. Se trata de no convertir la lluvia en excusa para bajarse del camino.
Así, aparece una frase que me gustó... la lluvia como parte esencial del florecimiento. No se trata de construir una vida sin lluvia. Se trata de no convertir la lluvia en excusa para bajarse del camino.
El Maestro propone un método sencillo (y profundo) para atravesar estas nieblas... reconocer el estado, aceptarlo, investigarlo y no identificarse con él.
Para mí, eso conversa con otra idea que escribí por ahí... “Cerrar los ojos para ver mejor”. Porque a veces la claridad no aparece pensando más, sino escuchando mejor. No apretando la vida, sino habitándola.
En la escuela de ingeniería, todas esas dudas seguían. Hasta que me especialicé en ingeniería estructural.
Ahí algo se ordenó... encontré una manera concreta de apoyar en la práctica y generar cambios en la sociedad, desde un lugar que combina rigor y cuidado. Diseñar estructuras es, en cierto sentido, aprender a convivir con fuerzas invisibles... la gravedad, el viento, el sismo… Y también aprender que la resistencia no es rigidez... es ductilidad, es capacidad de deformarse sin quebrarse.
Con el tiempo entendí que esa metáfora también me describía... yo no estaba “fallando” por dudar... estaba buscando una forma más dúctil y resiliente de ser quien era.
Hoy, más de 30 años después de salir del colegio, vuelvo a mirar esas rutas que antes “no eran bien vistas”. Y, con mis hijos ya en la universidad, me animé... junto con mi esposa... a volver a estudiar. Fuimos compañeros en ingeniería. Y ahora somos compañeros en psicología.
No lo vivo como giro caprichoso. Lo vivo como continuidad... lo que siempre me movió sigue ahí... ayudar, apoyar, mostrar formas distintas de ver y vivir la vida, solo que ahora con nuevas herramientas, con otros lenguajes, con otra profundidad.
Quizás esa es mi montaña hoy… dejar que mi historia tome un sentido nuevo, más libre y más enriquecido. Y caminarla sin pedir permiso.
Porque, al final, nadie sube por nosotros.
(FE-2026)