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Bienvenido a "Descargas del Alma", espero que podamos compartir canalizaciones, poesía, pensamientos, meditaciones, cuentos, historias, visiones, misiones... en definitiva, todo contacto que hayamos tenido, tengamos o vayamos a tener con la "Memoria Universal"... Nos miramos, FE.

lunes, 9 de febrero de 2026

Subir la montaña por uno mismo...

Hay preguntas que no envejecen. Vuelven con otra ropa, con otros nombres, con nuevas pantallas… pero son las mismas. Ya antes escribí que nos acompañan “preguntas más antiguas que la memoria… tan íntimas como la respiración”. Y creo que, en el fondo, casi todo lo que hacemos... elegir una carrera, formar una familia, cambiar de rumbo, volver a estudiar... es una forma de responderlas sin decirlas.

Hace poco volví a escuchar la charla TEDxVitosha del Maestro Shi Heng Yi, “5 Hindrances to Self-Mastery”. Y, aunque su lenguaje viene de otra tradición, me tocó por un lugar muy cercano... la manera en que la mente se nubla justo cuando necesitamos ver con claridad.

El Maestro cuenta algo que, para muchos, (nos) suena familiar... crecer con un set de opciones “aceptables”... medicina, ingeniería, leyes... y con otras rutas que se miran en menos. En mi caso, también estuve expuesto a ese mapa invisible de prestigios.

En el colegio (católico) me incliné hacia medicina por biología, por la defensa de la vida, por esa necesidad casi instintiva de ayudar a otros. Y, al mismo tiempo, el sacerdocio aparecía como una posibilidad real... una vocación que, a su manera, también era servicio. Pero llegó la prueba de admisión y no me fue lo suficientemente bien para entrar a medicina. Y, en paralelo, el deseo de formar familia me hizo ruido con la idea del sacerdocio (aunque sé que, en la comunidad, esa dimensión de familia se vive de otra forma).

Entonces elegí ingeniería civil.

Y aquí viene la parte menos lineal... aun caminando esa ruta, lo anterior siguió latiendo como pregunta sin cerrar. No era arrepentimiento. Era inquietud. Era duda. Era miedo. Era una sensación de que el “título” no respondía del todo a lo que yo buscaba sostener en el mundo.

Shi Heng Yi relata una historia simple, pero fuerte... un hombre quiere subir una montaña, pero se queda preguntando a viajeros cómo se sube y qué se ve arriba. Escucha a tantos, que finalmente decide que ya no necesita subir. Y se queda abajo.

No pude evitar verme ahí, en ciertos momentos de mi vida... cuando la mente se vuelve un comité infinito de opiniones, expectativas ajenas, comparaciones, “lo que debería ser”. Cuando el camino propio se posterga porque estamos buscando garantías.

Y aquí el punto clave... nadie puede vivir por uno la experiencia de claridad. Se puede compartir información. No se puede heredar visión.

El Maestro llama a esas nieblas “los cinco obstáculos”... estados mentales que dificultan ver con claridad y, por lo mismo, decidir bien.

El primero es el deseo sensorial..
. no solo placer, también comodidad, estatus, reconocimiento. Esa voz que dice “quédate aquí, esto ya está bien”, incluso cuando sabes que no es tu cima. En la vida profesional, puede ser quedarse donde te aplauden aunque por dentro ya estés pidiendo crecimiento o cambio.

El segundo es la mala voluntad... la resistencia. El “no debería estar pasando esto”. En mi historia, podría haber sido convertir la frustración de no entrar a medicina en rabia con la vida, con el sistema, conmigo mismo (bueno, si hubo de eso). Y sin darnos cuenta, esa rabia se vuelve un ancla... pesa más que el futuro.

El tercero es pereza y cansancio mental... el cuerpo pesado, la mente nublada, la motivación en retirada. No siempre es flojera... a veces es un modo silencioso de tristeza. Una celda interior donde cuesta moverse. Y ahí la pregunta no es “¿por qué no avanzas?”, sino “¿qué parte de ti está agotada de sostener una vida que no se siente propia?”.

El cuarto es la inquietud... la mente mono, saltando de rama en rama, incapaz de quedarse en el presente. Esta niebla la conozco bien... cuando uno estudia, trabaja, lidera, cría, responde… y, aun así, la mente se va al futuro o se queda discutiendo con el pasado. La inquietud puede ser muy eficiente por fuera y muy dispersa por dentro.

Y el quinto es la duda escéptica... no la duda sana que investiga, sino la que paraliza. “¿Y si me equivoco? ¿y si no era esto? ¿y si ya es tarde?”. La duda que corta la sincronía entre lo que deseas y lo que haces... autoboicot.

Así, aparece una frase que me gustó... la lluvia como parte esencial del florecimiento. No se trata de construir una vida sin lluvia. Se trata de no convertir la lluvia en excusa para bajarse del camino.

El Maestro propone un método sencillo (y profundo) para atravesar estas nieblas... reconocer el estado, aceptarlo, investigarlo y no identificarse con él.

Para mí, eso conversa con otra idea que escribí por ahí... “Cerrar los ojos para ver mejor”. Porque a veces la claridad no aparece pensando más, sino escuchando mejor. No apretando la vida, sino habitándola.

En la escuela de ingeniería, todas esas dudas seguían. Hasta que me especialicé en ingeniería estructural.

Ahí algo se ordenó... encontré una manera concreta de apoyar en la práctica y generar cambios en la sociedad, desde un lugar que combina rigor y cuidado. Diseñar estructuras es, en cierto sentido, aprender a convivir con fuerzas invisibles... la gravedad, el viento, el sismo… Y también aprender que la resistencia no es rigidez... es ductilidad, es capacidad de deformarse sin quebrarse.

Con el tiempo entendí que esa metáfora también me describía... yo no estaba “fallando” por dudar... estaba buscando una forma más dúctil y resiliente de ser quien era.

Hoy, más de 30 años después de salir del colegio, vuelvo a mirar esas rutas que antes “no eran bien vistas”. Y, con mis hijos ya en la universidad, me animé... junto con mi esposa... a volver a estudiar. Fuimos compañeros en ingeniería. Y ahora somos compañeros en psicología.

No lo vivo como giro caprichoso. Lo vivo como continuidad... lo que siempre me movió sigue ahí... ayudar, apoyar, mostrar formas distintas de ver y vivir la vida, solo que ahora con nuevas herramientas, con otros lenguajes, con otra profundidad.

Quizás esa es mi montaña hoy… dejar que mi historia tome un sentido nuevo, más libre y más enriquecido. Y caminarla sin pedir permiso.

Porque, al final, nadie sube por nosotros.

(FE-2026)



martes, 3 de febrero de 2026

EPISODIO 11 · Naturaleza y presencia – Fundaciones invisibles del alma

ESTRUCTURAS INTERNAS... UN VIAJE POR LA INGENIERÍA DEL SER
BLOQUE 3 – “Naturaleza, Conexión y Expansión del Ser”
EPISODIO 11 · Naturaleza y presencia – Fundaciones invisibles del alma

Hay lugares donde el alma respira diferente.
Un bosque húmedo.
Una playa silenciosa al amanecer.
Un cielo del sur lleno de estrellas que parecen hablar entre ellas.
La naturaleza no nos habla con palabras, sino con presencia...
una presencia antigua, tranquila, que recuerda lo esencial.
Cuando caminamos en medio de árboles, montañas o ríos, algo en nosotros se alinea sin esfuerzo.
Es como si el alma reconociera un plano original, un diseño sagrado que sostiene nuestra existencia.

En ingeniería, ninguna estructura es estable sin una fundación bien diseñada, un contacto firme con la tierra.
Las raíces de un edificio no son visibles, pero sostienen todo...
El alma funciona igual...
si no está arraigada a algo mayor que ella misma... la tierra, el silencio, la presencia... se vuelve inestable, nerviosa, dispersa.

La naturaleza cumple la función de esas fundaciones invisibles.
Cada vez que un ser humano se conecta con un entorno natural, la estructura interna se reequilibra.
Los pensamientos se ordenan, el cuerpo baja la tensión, el espíritu se expande.

Es como si la tierra nos recalibrara.
En ingeniería geotécnica, se estudia la capacidad portante del suelo...
qué tan firme es, qué tanto asentamiento permite, cómo se comporta ante cargas.
Así, cuando una persona vive desconectada de la naturaleza, su “suelo emocional” pierde firmeza...
hay más desplazamientos, más vibración, más fatiga.

Entrar en contacto con la naturaleza... caminar sobre pasto, abrir ventanas, mirar el mar...
es mejorar la capacidad portante del alma.

Y no se requiere una gran cordillera para esto...
una planta en el escritorio, la luz que atraviesa una ventana, el sonido del viento contra una cortina…
todo lo vivo es una invitación al enraizamiento.

Cuando miramos un árbol, recordamos que podemos sostenernos.
Cuando tocamos la tierra, recordamos que pertenecemos.
Cuando escuchamos un río, recordamos que la vida fluye sin que tengamos que controlarla.

La naturaleza es nuestra supervisora silenciosa.
Evalúa nuestras tensiones internas sin juzgar.
Recibe nuestras cargas con suavidad.
Y nos devuelve a un estado que la modernidad no puede ofrecer...
la simplicidad.

En un bosque no necesitamos explicar quiénes somos.
En el mar no necesitamos defendernos.
En la montaña no hay expectativas que cumplir.
Allí, el alma desnuda es suficiente.

La tierra sostiene sin pedir nada.
El árbol crece en silencio.
El río se mueve sin prisa.
Y en esa quietud, el alma aprende su lección más profunda...
no necesitas perfección... solo necesitas raíz.
Raíz en la presencia, raíz en el ahora, raíz en lo esencial.

Mantra recomendado:
"Govinda Jai Jai"

(FE-2026)

lunes, 26 de enero de 2026

EPISODIO 10 · La voz interior – Cultivando la intuición estructural

ESTRUCTURAS INTERNAS... UN VIAJE POR LA INGENIERÍA DEL SER
BLOQUE 2 – “Herramientas y Energía Interior”
EPISODIO 10 · La voz interior – Cultivando la intuición estructural

Hay una voz que no compite con el ruido del mundo.
No grita, no exige, no presiona.
Es una voz suave, casi un rumor, que vibra en el fondo del pecho como una brisa que atraviesa un templo antiguo.
Es la intuición... ese lenguaje silencioso con el que el alma nos habla cuando la mente calla.
A veces aparece en un sueño, otras en una sensación inexplicable, o en un movimiento interno que simplemente dice... por aquí es.
Escucharla es un arte.
Confiar en ella, una práctica.
Seguirla, un acto de amor propio.

En ingeniería estructural, además de cálculos, modelos y normas, existe algo que todos los profesionales experimentados desarrollan con el tiempo...
la intuición estructural.
Es la capacidad de “sentir” cuándo algo no está bien, incluso antes de realizar un análisis detallado.
Una percepción que no contradice la técnica, sino que la acompaña.

Esta intuición nace de la experiencia, la observación y la sensibilidad ante pequeñas señales...
una vibración sutil, un desplazamiento mínimo, un sonido casi imperceptible.
El alma funciona igual.
A través de nuestra historia, nuestros aprendizajes y nuestra sensibilidad, desarrollamos la capacidad de detectar movimientos internos antes de que se conviertan en grietas.

La intuición es, en esencia, un sismógrafo interno.
Detecta ondas que todavía no llegan a la superficie.
Anticipa, advierte, orienta.
Pero para que funcione, necesita quietud.
Un sismógrafo no puede operar en medio del caos...
necesita una base estable.
La voz interior tampoco puede escucharse si la mente está llena de ruido.

La intuición se expresa a través de sensaciones...
un “sí” que se siente como apertura,
un “no” que se siente como cierre,
una inquietud que surge de la nada,
una claridad repentina en medio del desorden.

No siempre tiene lógica inmediata, porque su lenguaje no es racional...
es energético, emocional, vibracional.

Así como un ingeniero sabe que una estructura muy rígida puede concentrar demandas y ocultar señales que no se ven,
el alma sabe que una persona demasiado racional puede ocultar mensajes profundos que no se escuchan.
Por eso la intuición pide equilibrio...
razón que guía, emoción que siente, espíritu que susurra.

Cultivar la intuición no es un talento místico, sino una práctica cotidiana.
Se fortalece con silencio, con escucha profunda, con autenticidad.
Se nutre de experiencias, de errores, de momentos en que ignoramos la señal y luego entendimos que esa señal tenía razón.

La intuición, como los disipadores en un edificio, nos permite tomar decisiones más estables.
Evita resonancias innecesarias y reduce la amplificación de la respuesta.
Protege la estructura emocional.
Y, sobre todo, nos guía hacia caminos que no dependen solo de cálculos mentales, sino de la sabiduría del alma.

La voz interior no necesita volumen, necesita espacio.
Cuando la escuchas, todo se alinea...
el cuerpo se relaja,
la mente se aclara,
y el alma reconoce el rumbo.
La intuición es el mapa invisible que siempre estuvo ahí, esperando que recordaras cómo leerlo.

Mantra recomendado:

(FE-2026)

martes, 20 de enero de 2026

EPISODIO 9 · Sonidos sagrados – Mantras y resonancias interiores

ESTRUCTURAS INTERNAS... UN VIAJE POR LA INGENIERÍA DEL SER
BLOQUE 2 – “Herramientas y Energía Interior”
EPISODIO 9 · Sonidos sagrados – Mantras y resonancias interiores

Hay sonidos que no vienen del mundo, sino de la vida profunda que habita en nosotros.
Son palabras antiguas, vibraciones suaves, melodías que despiertan espacios que creíamos dormidos.
Un mantra no se canta con la voz, sino con el alma.
Cada repetición es una ola que toca la orilla interna, pulida por siglos de intención humana.
Cuando permitimos que un mantra entre en el cuerpo, sentimos cómo algo se acomoda adentro, como si la estructura completa recordara su armonía original.

En ingeniería estructural, existe un concepto poderoso... el control de vibraciones.
Es la capacidad de sintonizar y amortiguar la respuesta, para que la energía no se convierta en caos, para que la resonancia no amplifique el movimiento.
Los mantras funcionan exactamente así en el espíritu...
no buscan anular el ruido externo, sino introducir una frecuencia que ordena.

La voz humana es una fuente de vibración natural.
Cada palabra que pronunciamos emite una onda que recorre el cuerpo, como un pequeño sismo que se desplaza por una estructura.
La diferencia está en la intención...
una palabra de enojo genera vibraciones abruptas...
una palabra de amor genera ondas más regulares y sostenidas.
Los mantras concentran esta sabiduría milenaria... son ondas diseñadas para reequilibrar.

Cuando repetimos un mantra, activamos un proceso de sintonización interna.
La mente, al escuchar la misma palabra o melodía una y otra vez, comienza a alinearse.
Los pensamientos se reducen, las emociones se aquietan, la respiración se vuelve más profunda.
Internamente, el alma ajusta su respuesta hasta encontrar una frecuencia más alta y más pura.

Este proceso se parece al uso de los amortiguadores de masa sintonizada (TMD) en los rascacielos.
Estos dispositivos son grandes pesos suspendidos y sintonizados, que oscilan desfasados respecto del movimiento del edificio cuando el viento o el sismo lo sacude.
Su función es estabilizar, contrarrestar, equilibrar y disipar parte de esa energía vibratoria.
Pues bien, un mantra es un TMD espiritual...
cuando la mente vibra en caos, el mantra vibra en calma.
Y al cabo de unos minutos, el ruido interno comienza a disminuir.

Al cantar o escuchar mantras, el cuerpo entero se afina.
El corazón encuentra ritmo, la respiración se suaviza, los músculos se relajan.
Lo sagrado no entra solo por lo místico, sino por lo físico...
la vibración se transforma en orden.

No es necesario saber sánscrito, ni repetir largas frases.
Basta una sílaba... Om, Ram, Hum, Sham.
O incluso una palabra en tu propio idioma... gracias, paz, aquí, amor…

Cada persona tiene un mantra natural.
Ese sonido que, al repetirlo, el alma reconoce como propio.
Cuando lo encuentras, sientes que la estructura interior completa se alinea como un puente que ajusta sus cables al viento correcto.

Un mantra es un hogar portátil.
Un refugio hecho de sonido.
Cada repetición es un regreso.
Un recordatorio de que el alma tiene su propia música, su propia resonancia, su propia manera de sostenerse cuando el mundo vibra demasiado fuerte.
Y en ese canto suave, la oscuridad pierde peso y la luz encuentra espacio.

(FE-2026)